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Género y justicia económica: Soñando alternativas

Jayati Ghosh considera que es hora que las feministas se integren en forma más decidida a las conversaciones sobre alternativas, para definir cómo las instituciones y políticas económicas pueden garantizar una economía y una sociedad con justicia de género.

Introducción

Acabamos de atravesar una fase en la que la única idea importante que sobrevivió en la mayoría del mundo parece haber sido la del éxito del mercado como mecanismo que se autorregula e intrínsecamente eficiente para organizar la vida económica. Ahora este mito se ha hecho pedazos, y los distintos incendios que se extienden por el capitalismo global ya no resultan fáciles de apagar. Por eso la gente en todas partes está pensando mucho más seriamente en alternativas. En distintas partes del mundo este proceso ya está bastante avanzado, con gobiernos de izquierda y movimientos sociales de distintas clases procurando imaginar y crear dispositivos económicos diferentes, más democráticos, igualitarios y sostenibles.

Es hora que las feministas nos integremos con mayor energía a esa conversación. En el pasado reciente, durante demasiado tiempo y en la mayoría del mundo, lo que hicimos fue sobre todo reaccionar: luchar contra medidas y tendencias (como la austeridad fiscal y los recortes en la prestación pública de infraestructura y programas sociales esenciales) que apuntaban a limitar los derechos y prerrogativas de las mujeres, reprimir su voz política y perpetuar patrones sociales y culturales que dañan tanto a los hombres como a las mujeres, de diferentes maneras. Pero ahora necesitamos ir más allá de esto para crear un marco de referencia para metas y estrategias progresistas que nos permitan alcanzarlas, lo que a su vez determinará la evolución deseable de las instituciones y políticas económicas hacia una economía y una sociedad con justicia de género.

¿Cuál es ahora el problema de la mujer?

Esto también es importante porque una actitud diferente hacia el ‘problema de la mujer’, relacionada con una mirada más compleja sobre la naturaleza de la explotación, son rasgos ya establecidos de los movimientos progresistas en diferentes partes del mundo. Si bien las mujeres han formado parte de la clase trabajadora desde los albores del capitalismo, muchas veces no fueron reconocidas ampliamente como trabajadoras en su propio derecho, aun cuando sus aportes no reconocidos ni remunerados a la reproducción social, así como a muchas actividades económicas, han sido siempre más que fundamentales para el funcionamiento del sistema. Aceptar las luchas de las mujeres como parte intrínseca de las luchas de la clase trabajadora por una sociedad mejor llevó mucho tiempo. Durante más de un siglo, los sindicatos y otras organizaciones de ‘trabajadores’ fueron en general reductos masculinos, basados en el modelo del hogar con un ‘proveedor masculino’ en el que el marido/padre trabajaba afuera para ganar dinero, mientras que la esposa/madre no aportaba un ingreso externo y se hacía cargo del trabajo doméstico.

Las mujeres, el trabajo y los ideales del feminismo socialista

Generar un mayor reconocimiento social del rol desde las mujeres como trabajadoras asalariadas en sus diversas formas y sacar a la luz la importancia económica decisiva del trabajo no rentado en el hogar y la comunidad han requerido una lucha prolongada. Los constructos sociales, culturales y políticos específicos que limitan y determinan las vidas de las mujeres también se están identificando mejor. Esto no significa que el patriarcado haya desaparecido de repente entre quienes forman organizaciones y movimientos progresistas y/o radicales – lamentablemente, no cabe duda de que para eso se necesitará una lucha aun más larga. Pero existe una preocupación mucho más grande y seria sobre cómo la construcción de la sociedad desde el punto de vista del género afecta tanto a hombres como a mujeres.

Por eso, tratemos de imaginar una sociedad ideal desde una perspectiva general feminista y socialista que resulte válida para la época que vivimos. Una posibilidad sería definirla como una sociedad en la que algunos factores que no puedes controlar (donde naces, como qué naces, la familia en la que naces) no afectan las condiciones básicas de tu vida (tener una vivienda garantizada; paz y seguridad; acceso a alimentos nutritivos y otros elementos básicos para la salud; acceso a la educación; oportunidades de trabajo, tiempo libre, expresión y participación social). Esto no significará ponerle fin a todas las diferencias sociales y culturales porque, en última instancia, son ellas las que hacen que la vida resulte interesante. Pero sí significará que las posibilidades que una persona tenga en la vida no estarán determinadas por el accidente que es su nacimiento.

Así, digamos que alguien que naciera niña en una familia que pertenece a un grupo étnico minoritario en una zona rural de una región relativamente pobre tendría de todos modos acceso a diversas formas de libertad, a condiciones de vida mínimas y a oportunidades para desarrollar sus capacidades, sin grandes diferencias con un niño nacido en un hogar rico de un grupo social dominante en una sociedad próspera. Y estas oportunidades no estarían restringidas a una edad determinada, por lo que las condiciones y oportunidades no serían demasiado distintas para las mujeres que para los hombres de mayor edad.

La reorganización de las economías y sociedades

¿Cómo será necesario organizar nuestras economías y sociedades para lograr lo que acabamos de describir?

En el plano más básico, esto significa que los dispositivos económicos no deberán estar orientados en torno a la simple expansión de ingresos y réditos agregados como meta más significativa. La obsesión permanente con el PIB como indicador más importante es irracional. No mide algunos aspectos fundamentales que deciden el bienestar y la satisfacción con la vida; ignora muchos de los resultados del trabajo no remunerado (que tiene fuertes dimensiones de género); y ni siquiera captura en forma adecuada las condiciones económicas. Por eso, cada vez guarda menos relación con mejores condiciones materiales de vida, ya que el crecimiento de los ingresos basado en una distribución más desigual puede no mejorar en absoluto la situación de las/os pobres.

Por eso, a otras metas se les deberá dar una mayor prominencia como por ejemplo: condiciones de vida razonables para todas/os; desarrollo de las capacidades de las personas y espacio para su creatividad; oportunidades de empleo decente que también procuren reducir la alienación del trabajo; ambientes seguros y limpios que no impliquen la destrucción de la naturaleza. Las políticas públicas deberán garantizar que el acceso a todo lo que es esencial para la vida – alimento, agua, una vivienda con las comodidades básicas, y demás – no dependa de la ‘capacidad de pago’. Por el contrario, todos estos deberían ser tratados como derechos humanos, puestos a disposición de todas/os de tal manera que puedan pagar por ellos.

Nuevas actitudes frente a los mercados

Esto implica una actitud social diferente frente a los mercados, no una que procure destruir toda actividad comercial sino más bien reconocer la necesidad de roles más conscientes y explícitos de los estados con responsabilidad social dirigiendo, controlando y regulando las actividades de mercado para garantizar que sean compatibles con un contrato social más amplio. Así, se alentará a las fuerzas de mercado que contribuyan a alcanzar las diversas metas mencionadas aquí, mientras que las que funcionen rebajando los estándares y la calidad de vida de las personas comunes serán reguladas, restringidas o incluso abolidas, según el contexto. También se debe poner freno a las fuerzas de mercado (sobre todo las del mercado financiero) que generan inestabilidad y volatilidad económicas, previniendo o reduciendo lo más posible el daño que producen a la vida social.

Otro aspecto de esto es que no se deberían tolerar desigualdades extremas. Se necesitan sistemas impositivos y de distribución/redistribución de ingresos y riqueza, así como métodos para monitorear y regular los salarios y otras formas de obtener rédito para garantizar que las diferencias materiales entre las personas no se tornen excesivas. La discriminación y la exclusión social en todas sus formas serán activamente desalentadas y se procurará eliminarlas.
Respeto a la naturaleza

Todo esto implica un respeto social mucho más grande por la naturaleza. Una de las contradicciones principales del capitalismo contemporáneo son las limitaciones ecológicas que cada vez quedan más en evidencia no sólo por el cambio climático sino por la polución, la degradación, la extracción excesiva y otras formas de destrucción que se ven en la naturaleza. Así se han generado patrones de producción, consumo y acumulación indudablemente insostenibles y que están provocando conflictos abiertos por los recursos, obligando a las sociedades a cambiar de formas a menudo indeseadas. Los llamamientos a crear sociedades más humanas y justas deben integrar estas preocupaciones fundamentales. Las actividades económicas serán monitoreadas y evaluadas en cuanto al daño que causan a la naturaleza, poniendo el acento en reducirlo lo más posible.

Una visión para el futuro

En esta visión, resulta obvio que los gobiernos cobran una importancia mucho mayor. Así que tendrán que ser más genuinamente democráticos, transparentes y responsables, y adaptar sus políticas a las condiciones cambiantes. Habrá más voces y más participación del pueblo en las decisiones que afectan sus vidas. Los gobiernos respetarán tanto los derechos colectivos y las preocupaciones de los grupos y comunidades como los derechos individuales de todas/os las/os ciudadanas/os. En las sociedades en las que la voz política de las mujeres no se está escuchando en forma adecuada, sus preocupaciones específicas serán tenidas en cuenta explícitamente.

Las que acabamos de exponer pueden verse como estrategias para sociedades o naciones concretas porque en buena medida están formuladas en el idioma de los derechos que tiene la ciudadanía en relación al estado. Pero van más allá de los límites nacionales e incluso regionales: exigen dispositivos políticos y económicos internacionales que apoyen la posibilidad de que estas sociedades puedan surgir y sobrevivir, sin amenazas de comercio y flujos de capital desestabilizadores o agresiones militares. Y requieren de la acción colectiva global por economías más sostenibles y una mayor libertad para todas/os.

Por eso no puede sorprender que una perspectiva feminista sea en realidad una perspectiva que propone metas y estrategias atractivas y deseables para todas las personas, no sólo las mujeres.

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